Durante los últimos años de la década de 1980, tuve la oportunidad de trabajar junto a un ícono de la música ancashina: Juan Rosales Alvarado, conocido artísticamente como «El patriarca de la música ancashina». En ese entonces, él era el conductor de una Land Rover asignada a la Gerencia de Comunidades Campesinas, bajo la dirección de Hugo Monge Pérez, quien lo llevó a unirse a nuestro equipo. Juan era una persona entusiasta, alegre y carismática; su humildad y calidez nos envolvían a todos. Recorríamos juntos las diversas tierras de Ancash, y mientras él conducía, nos deleitaba a capela con sus bellas canciones que marcaron una época.
Aunque han pasado 17 años desde que Juan nos dejó físicamente, su esencia sigue viva en los corazones y hogares de quienes lo conocimos. Su legado perdura gracias a sus magníficas composiciones del género vernacular, como «Hay noches», «Tu mamá tiene la culpa», «Río Santa», «A las orillas del Conococha», «Despachadora», «Linda huaracina», «En el telar del amor», entre muchas otras, todas inspiradas por su propio sentir
Recuerdo una ocasión en particular, cuando nos dirigimos en caravana hacia Yanamito, un pequeño pueblo de Yungay, por motivos de gestión. Al llegar, nos encontramos con una multitud vibrante, bailando al ritmo de las canciones de Juan, que sonaban a todo volumen. Curiosamente, nadie lo reconocía fisicamente, aunque sus melodías eran familiares para todos. Algunos incluso se atrevían a decir que Juan había fallecido hace mucho tiempo. Cuando él se presentó, la incredulidad llenó el ambiente; nadie podía creer que estaban frente al verdadero Juan Rosales, en carne y hueso.
“Muchos cantantes y grupos han robado mis canciones, las cantan sin mi autorización”, me confesaba siempre con una sonrisa pícara. “He visto a magistrados y personas reconocidas de Huaraz emborracharse y cantar mis canciones llorando”, añadía, con una mezcla de orgullo y tristeza.
Juan Rosales era un artista talentoso, y su música nunca morirá. Sus canciones seguirán resonando a través de las generaciones, y hoy lo recordamos con profundo afecto y gratitud. Su legado es un canto eterno que nos une y nos recuerda la riqueza de nuestra cultura ancashina. Edgar Caceres Flor
