Vulnerabilidad. La interrupción del ducto de Camisea dejó al descubierto la falta de seguridad energética. Una sola tubería abastece a Lima, donde se concentra el 83% del consumo nacional de gas. El Perú pierde US$200 millones al día por el costo de sustitución del diésel, que es cinco veces más caro.
Hoy domingo 8 de marzo se cumple una semana desde que se rompió la tubería que transporta el gas natural desde Camisea (Cusco) hasta Lima, sin conocer el diagnóstico real. El siniestro ha paralizado robustos sectores económicos y golpeado el bolsillo de la gente. Si hubiera una guerra entre Perú y Chile, el país sureño sabría dónde atacar y detener a la nación en un solo instante.
Un siniestro de esta magnitud, frente al cual el Gobierno recién dimensionó al quinto día con medidas pandémicas, ha desnudado la fragilidad del sistema energético peruano, que depende de un solo ducto para abastecer a casi el 50% de la generación eléctrica nacional.
La voladura del ducto operado por la empresa Transportadora de Gas del Perú (TGP), con un accionariado mayoritario del fondo estadounidense EIG, significa para los expertos consultados, la falta de planificación de largo plazo, particularmente, la ausencia de infraestructura alternativa como el Gasoducto Sur Peruano, la promesa postergada que llevaría el gas de Camisea desde Cusco hasta, Apurímac, Arequipa, Puno, Moquegua y Tacna.
Hoy, la crisis energética que atraviesa el país se pinta de tres colores: la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán, que ha reducido la oferta global de petróleo y gas, presionando al alza del crudo (por encima de los 85 dólares por barril)
