
Interpretamos la vida desde nuestras heridas y miedos. Y dicho esto, debo reconocer algo: provengo de un entorno con todos los octógonos de los prejuicios.
Ojo, hago una aclaración necesaria antes de seguir, estamos hablando de gente mayor. Esa generación de tíos y tías que creció normalizando barbaridades y usando términos que hoy ya no se usan con total frescura en la sobremesa.
Por ejemplo, para una tía, llegar a los 30 años es sinónimo de soltería eterna y si eres hombre peor aún: «solterón maduro, maricón seguro». Un familiar cercano que hoy es un profesional becado y exitoso, sigue siendo el «drogadicto» de la familia porque a los 16 años le encontraron fumando un pito de marihuana.
El premio mayor de los prejuicios se lo lleva mi tío. Un humano bastante roto que, para calmar el dolor de sus heridas, usa el juicio sobre lo ajeno. En la última cena familiar, decidí anotar en mi cabeza todas sus sentencias, empezó destrozando a otro primo recientemente divorciado (sabiendo que yo también soy divorciado):
“Las personas divorciadas tienen miedo al compromiso”.
«Un divorcio es un fracaso».
«Vienen dañados».
«Un hombre divorciado busca una enfermera, no una pareja».
“El matrimonio se arregla, no se abandona”.
Todo ese tsunami de raje sobre mi primo hasta que llegó mi turno. «¿Y a ti cómo te va, hijito?», me preguntaron. Con cautela absoluta, respondí solamente con un brevísimo: «Ahí bien».
Mi tío no se aguantó y, desde su profundo «amor» disparó contra mi trabajo:
“Ser artista es no querer trabajar”.
«Los artistas viven en las nubes».
«Nunca maduran».
“Si fueras inteligente, tendrías una profesión de verdad».
«Todos los artistas son drogadictos o maricones».
Después de escuchar tanta definición sobre mi persona, atiné a decirle por primera vez, de adulto a adulto, estas dos cosas a mi tío, a quien amo y seguiré amando.
La primera: «El alma prejuiciosa no es un alma mala. Es un alma herida que está evitando volver a sentir dolor. Detrás de cada prejuicio tuyo hay un humano que aprendió a desconfiar y terminó confundiendo esas experiencias dolorosas que lo partieron en un puñado de verdades».
La segunda: «TÍO, ¿POR QUÉ MEJOR NO TE VAS UN RATITO DE PASEO A LA RECONCHA DE TU MADRE Y NOS DEJAS A TODOS EN PAZ?»
No soy tan perfecto para merecer un altar, ni tan maldito para merecer una condena.
Carlos Galdós
