
En el valle del Santa, las reclamaciones por el precio del arroz se han vuelto recurrentes año tras año. No obstante, el arroz es mucho más que un cultivo: es el sustento de miles de familias y uno de los pilares de la economía agraria en la costa de Áncash, donde se ha llegado a cultivar hasta 6 mil hectáreas. Su aparente éxito productivo, no obstante, encierra una paradoja inquietante: los agricultores producen bien, pero cada vez ganan menos.
Desde el punto de vista técnico, el sistema funciona.
Los rendimientos son competitivos a nivel nacional; sin embargo, es necesario fortalecer las capacidades productivas de los agricultores mediante asistencia técnica y la provisión de semillas certificadas, a fin de sostener la producción. Pero este desempeño tiene un costo creciente: fertilizantes, agroquímicos, mano de obra y problemas sanitarios elevan la inversión por hectárea, mientras que el precio del arroz en cáscara se mantiene bajo y volátil.
El problema, entonces, no está en el campo, sino en el mercado. El productor arrocero vende sin poder de negociación, sujeto a condiciones impuestas por intermediarios y molinos. Así, el valor generado en la chacra se diluye a lo largo de la cadena, dejando márgenes cada vez más estrechos y un riesgo creciente. A ello se suma un factor estructural: la alta dependencia de un solo cultivo y de un recurso crítico como el agua. El arroz ha transformado el valle en un sistema intensivo, eficiente en producción, pero frágil en términos de sostenibilidad económica y ambiental.
Además, la carencia de capital social es evidente: no hay confianza. Diversos problemas sociales, económicos y políticos han debilitado el interés por el trabajo colectivo, integrado y solidario.
Sin embargo, fortalecer la confianza entre productores es clave, más aún cuando el Estado brinda un apoyo limitado a nivel individual. La asociatividad puede impulsar capacidades empresariales fundamentales, desde la instalación de almacenes hasta el desarrollo de productos con marca y registro sanitario, entre otras oportunidades. Frente a este escenario, insistir únicamente en aumentar la productividad resulta insuficiente. El desafío es cambiar el modelo: promover la asociatividad, mejorar la articulación comercial, fortalecer la organización de productores, ampliar el acceso al crédito, incorporar valor agregado y avanzar hacia una diversificación estratégica.
El valle del Santa no requiere necesariamente producir más arroz, sino mejorar su modelo económico, fortalecer su posición dentro de la cadena de valor y generar condiciones para una mayor sostenibilidad. En este proceso, el rol de las instituciones públicas y privadas resulta fundamental. Es necesario que, en articulación con los productores y bajo el liderazgo de los gobiernos locales, se promuevan iniciativas orientadas a construir soluciones sostenibles, basadas en conocimiento técnico, innovación y una visión compartida de desarrollo territorial.
