Hablar del antiguo “Tren de Huallanca” es emprender un viaje nostálgico hacia una de las épocas doradas y más entrañables del departamento de Áncash. Para cientos de familias de la región, el eco lejano del silbato de la locomotora no solo anunciaba la llegada de encomiendas o pasajeros; era el latido viviente del progreso, el comercio y la integración geográfica entre el litoral costero y los imponentes paisajes de la sierra.
Aunque oficialmente fue bautizado como el Ferrocarril Chimbote–Huallanca, la memoria colectiva lo simplificó con cariño. Aquel convoy de acero desafió a la geografía andina atravesando una ruta conectada por estaciones que se convirtieron en hervideros de vida:
- Cambio Puente
- Rinconada y Vinzos
- Suchimán y Chuquicara
- Mayucayán y Yungaypampa
- Huallanca
Yungaypampa y Mayucayán: Centros del comercio ancashino
Antes de la irrupción de las carreteras modernas y el parque automotor, la logística de la región dependía de paraderos clave. Los testimonios de los adultos mayores recuerdan que Mayucayán funcionó inicialmente como un crucial puerto de acémilas y bestias de carga.
Posteriormente, entre las décadas de 1950 y 1960, Yungaypampa tomó la posta transformándose en un nodo comercial estratégico cuando comenzaron a abrirse las rutas de penetración hacia las provincias de Corongo, Sihuas y Pomabamba.
El motor minero detrás de las vías del tren
El ferrocarril no solo transportaba la ilusión de los viajeros. Su construcción y apogeo estuvieron íntimamente ligados a la riqueza polimetálica de la provincia de Bolognesi y la zona alta de Huallanca.
Grandes proyectos extractivos de la época, como la mina Huanzalá (vinculada a la compañía japonesa Mitsui), así como los yacimientos de Palca, Pucaraju y Contonga, dinamizaron la economía regional. El tren era el único medio capaz de movilizar toneladas de concentrados de mineral desde las entrañas de la sierra rumbo al puerto de exportación en Chimbote, bajo la administración de la histórica Corporación Peruana del Santa.
Sabores, anécdotas y cantos en los vagones
Los recuerdos de quienes abordaron sus vagones permanecen intactos. Hay quienes rememoran con una sonrisa sus primeros viajes de vacaciones escolares hacia Chimbote siendo adolescentes, maravillados por el cambio de clima. En las estaciones, el viaje se sazonaba con la infaltable causa de pescado envuelta en hoja de plátano, ofertada por vivanderas locales al paso del convoy.
«Mi padre manejaba las máquinas del ferrocarril y, de niños, nuestro mayor premio era viajar en la cabina hacia Huallanca y Quiroz», narra con orgullo el hijo de un antiguo ferroviario en las bitácoras digitales de la región.
El tren también era sinónimo de tradición popular, como las multitudinarias peregrinaciones a la festividad de Chuquiquillán al otro lado del río Santa, o las interminables tertulias en los recordados barrios fiscales de los trabajadores.
El trágico final y el legado actual
El viaje definitivo del Tren de Huallanca llegó de forma abrupta e inesperada la tarde del 31 de mayo de 1970. El devastador terremoto y aluvión que sepultó a Yungay destruyó también kilómetros de líneas férreas, puentes y túneles, haciendo económicamente inviable su reconstrucción para la época.
Incluso hoy, décadas después de la tragedia, los viajeros que recorren la ruta del Cañón del Pato pueden divisar entre las rocas restos del antiguo terraplén y las bocas de túneles abandonados; mudos testigos de un sueño de conectividad que planeaba extenderse originalmente hasta Huánuco.
Con el tiempo, las antiguas plataformas del tren sirvieron de base para cimentar las carreteras que hoy unen a los pueblos de Áncash, Huánuco y La Libertad. Aunque las locomotoras ya no rujan entre las montañas, la vieja copla popular sigue resonando en el corazón ancashino: “Chu cu chu cu chú… ay trencito chimbotano llévame a los brazos de mi amado”.
