Según el canon oficial, un pitufo mide el equivalente a tres manzanas. En términos humanos, estamos hablando de entre 15 y 20 centímetros. Es el tamaño de un cuaderno o de un control remoto.
Esa modestia dimensional es la metáfora perfecta para referirse a aquellos candidatos de escasa o nula convocatoria electoral. Se les agrupa bajo el topónimo imaginario de Pitufilandia —también conocido como el Club de los Pitufos— para que encuentren en la camaradería o la terapia de grupo algún consuelo a esas aspiraciones víctimas de la mínima expresión.
En estas próximas elecciones se puede sostener a la fecha —con datos del último simulacro con cédula de Ipsos— que 31 de los 35 candidatos en carrera son, en efecto, ‘pitufos’. Llamarlos así es incluso más afectuoso que despacharlos bajo calificativos más ásperos. Llamarlos “otros” es una manera estadística de mentarles la madre.
Es decir, más del 88% de los candidatos, en virtud de su condición pitufa, no tienen ninguna opción seria de triunfo. Sin embargo, este enanismo electoral paradójicamente les garantiza estar a la altura de tres cosas: es altamente probable que pierdan la inscripción, están botando su dinero —o el de algún optimista incurable— al tacho, confunden al elector y dispersan el voto, generando ese cedulón bíblico que nadie entiende, pero todos vamos a padecer.
Las características que los envuelven —y que ellos, con admirable generosidad semántica, llaman “partido”— responden a una filosofía mínima de la existencia institucional. Son agrupaciones políticas imaginarias: no existen en el mundo real o, de haber existido, están en tránsito hacia su forma final, el pitufo, como señal inequívoca de agonía.
Se distinguen por una cualidad sencilla: no le mueven la aguja a nadie. La gente los ve —y casi podría decirse que los conoce, porque viven en medios declarando su amor por el país, su condición de elegidos y su plan para salvarnos—, pero la emoción que generan está más cerca de la lástima y el asombro que de la admiración. Es la contemplación del fracaso como espectáculo ajeno.
Una de las teorías conspirativas más difundidas sobre los pitufos —además del misterio de su color azul y su vida comunitaria ligeramente sospechosa— sostiene que en realidad están muertos. Pitufilandia sería el limbo; Gargamel, la muerte que los acecha sin descanso. Aplicando esta hipótesis a la política, podría decirse que, en una contienda electoral, volverse ‘pitufo’ es una forma administrativa de dejar de existir.
Esta constatación despierta la curiosidad natural del ciudadano de a pie: si su postulación no tiene destino alguno, ¿por qué no renuncian?
Aquí entran en juego varios factores que, según la evidencia, no forman parte del equipamiento mental de un ‘pitufo’.
El principio de realidad —concepto freudiano— funciona como un árbitro que regula y aterriza nuestras ambiciones. En una persona normal, es decir, no pitufa, este principio advertiría del fracaso inminente que implica tener una migaja de preferencia a tres semanas de la elección, invitando al candidato a una retirada digna y oportuna. Eso sería cívico. Y también sensato. Pero para un ‘pitufo’ esos valores atentan contra su identidad. El costo emocional y reputacional de retirarse no está contemplado en su presupuesto psicológico. ¿Qué hace entonces ante la amenaza del ridículo? Lo que mejor sabe hacer: reinterpretar la realidad. “Yo seré la excepción”. Para sostener esta ilusión óptica recurren a cuatro herramientas de supervivencia.
La disonancia cognitiva o el arte de no contradecirse. Para el ‘pitufo’, ser presidenciable es el antídoto a la irrelevancia. Cuando los datos le gritan —en mayúsculas y negritas— que es lo segundo, resuelve la tensión acomodando la realidad a sus necesidades. Clásicos del repertorio: “Las encuestas están digitadas”, “la verdadera encuesta es el día de la elección”, “a mí nunca me han encuestado”. El sesgo de confianza o el síndrome del “yo mismo soy”. El candidato ‘pitufo’ sobrestima sistemáticamente sus capacidades y subestima, con igual entusiasmo, las de sus rivales. Se percibe como la excepción estadística que dará la sorpresa. Cada noche ensaya en sueños su discurso de victoria. Los incentivos perversos de ser candidato o “la plata llega sola”. Desde que contrataron el servicio de recojo de firmas —que no es barato— sabían que su destino no era ganar, sino participar con visión emprendedora. El verdadero triunfo no está en las urnas, sino en vender candidaturas congresales sin futuro, negociar alianzas imaginarias o asegurar algún puesto decorativo que otorgue visibilidad y una vaga sensación de influencia. En ciertos círculos eso ya califica como éxito. La falacia del costo hundido o “ya la tienes adentro”. La imagen ya fue expuesta, la casa tal vez hipotecada. Retirarse ahora dolería más que perder con estrépito. Persistir se vuelve una forma de coherencia aunque sea con el error.
Pero hay un factor final, y no por ello menos decisivo, que sostiene y estimula la mente pitufa: la corte de aduladores que orbita a su alrededor. Sin ese séquito de turiferarios, chupamedias y entusiastas del destino manifiesto de su maestro y guía, el candidato podría —con algo de suerte— entrever la realidad. Pero admitirla implicaría sacrificar ese pequeño héroe imaginario que habita en él.
Ser ‘pitufo’ es, en el fondo, una elección espiritual: convierte la derrota en negocio o, en el mejor de los casos, en una ilusión del tamaño de cuatro manzanas. Para ellos, eso es la inmensidad.
Perú21
Jaime Bedoya
